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Continuación de:
La Novela de Lily 
Por la novelista osornina Lily Fuchslocher
Capítulo VII
Georgina olvida su promesa
El último día del mes de Febrero de un año bisiesto amaneció enmarcado enmarcado con un majestuoso cielo azul. De la gorda nube que había mojado la polvorienta tierra durante la noche no quedaba nada.
Todo era silencio a mi alrededor. Era una de esas mañanas sin brisa, sin canto de pájaros ni zumbido de abejas. Todavía no cacareaban las gallinas y los perros adormilados aun por la mala noche que habían pasado se encontraban echados por los rincones.
Los rayos del sol levantaban vapores de agua que se descomponían en siete colores y los aires se llenaron de olores ultravioletas. Nunca he sabido si aquel impactante aroma se desprende del follaje de los árboles o del interior de la tierra. Sólo sé que en la ciudad nunca he tenido la oportunidad de deleitarme con él.
Dejé correr la mañana en completo abandono; sin pensamientos, sin bosquejar ese día ni los días por venir. Me sumí en éxtasis contemplativo y el idílico paisaje del valle del Rahue copó todos mis sentidos.
- Abueli; hay carta para usted
Miré el sobre con displicencia, tenía un membrete que decía TURISMO CORZA
y llevaba mi nombre de soltera.
Una propaganda, una oferta pensé y si no me hubiese encontrado tan ociosa no la había abierto sino simplemente tirado entre los leños que esperaban el fósforo encendido que le acercaría en cuanto se presentara el gélido viento Puiga. Ese viento descuelga de los Andes sin precio aviso invadiendo con furia toda la región. Se desata el demonio en los lagos y las olas encabritadas devoran cuanto intruso se encuentre sobre sus aguas. Tras la tormenta vuelve la calma, pero la presa que se lleva el lago no vuelve nunca más.
Leí cada vez más emocionada lo que la carta me informaba... en el evento benéfico de la Fundación “Las Lilas”, al que usted generosamente cooperó con su presencia, su número como participante fue favorecido con un tour a España por su valor rebajado en un 50%. Ruego a usted ponerse en contacto con alguna oficina de turismo de los grandes almacenes San Sebastián.
Recordé que a ese evento acudí para acortar las horas que faltaban para la mañana siguiente en que tomaría el vuelo temprano a Osorno. Mi departamento lo tenía prácticamente clausurado porque no sabía cuanto tiempo iría a estar ausente y era bueno proteger los tapices y evitar polillas, no dejar desperdicios en el tacho no olvidar desconectar los artefactos eléctricos y el gas. Se puede decir que no quería ni ensuciar con agua un vaso.
El evento se realizaba en los salones del subsuelo de mi edificio. Bajé media hora antes para ubicarme en una mesa chica en algún apartado rincón. Fui una de las primeras en entrar y pude apreciar desde el inicio la llegada de las 150 personas que asistieron. Siempre me interesó más observar la concurrencia que el desarrollo de la exhibición en sí, aunque en aquella oportunidad fue muy original: tres famosos estilistas de la capital hicieron una demostración de peinados y maquillajes con modelos de distintas edades. Había para todo gusto.
Junto con la tarjeta-entrada que adquirí me dieron un formulario en el que debía anotar mis datos personales y luego depositarlo en unan urna. De este modo pasaba a ser concursante en un sorteo cuyo premio era un viaje a España. Seguí el proceso, pero sin ilusionarme. Durante todo el año y muchos años anteriores había participado en sorteos y nunca había conseguido un premio, por eso la emoción fue extremadamente intensa al informarme del contenido de la carta.
Se me olvidó por completo que yo sólo deseaba vivir días tranquilos sin sentimientos que me descolocaran.
Me metí de lleno en un suceso que me quitaría muchas horas de plácido sueño.
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“La vida nos da sorpresas, sorpresas nos da la vida” ¿Las casualidades don lo que las palabras significa o son instrumentos del destino?
¿Juega algún rol el hecho de haber sido parte de una misma molécula?
¿Es verdad que las almas gemelas tienden a encontrarse?
Todos estos razonamientos se agolparon en mi mente al momento de verlo entre los integrantes del grupo que componían el charter.
Lo reconocí de inmediato: era el hombre de nombre francés que encontré hace algunos meses en una exposición.
Con agilidad felina se había deslizado por mi ventanal abierto y arrullado complacido y ronroneante en el rincón más cálido de mi alma.
En aquel instante había sentido una agradable emoción, demasiado agradable pensé y evoqué penas y lágrimas que en otras oportunidades me habían traído ese sentires; por eso le había aplicado el veneno de ingratos recuerdos, pero al parecer la pócima no había surtido el efecto deseado porque muy a mi pesar lo sentí desperezarse y estirando su cuerpo y lamiendo sus garras ronroneó de nuevo y comprobé que sólo estaba dormido.
¿Cómo se llamaba?... Claude Pierre, eso es, así se llama.
Vi pasar tres veces su mirada inquisitiva por la concurrencia como buscando a alguien en particular y no lo encontraba. A la cuarta vez se cruzaron nuestras miradas, se hizo el contacto, se reconocieron las almas y extraños ruidos escuché en mi pecho. Él dejó de buscar.
No por haberme reconocido dio muestras de sorpresa sólo me pareció que comprobaba la existencia de un hecho esperado.
Es lógico que le costara advertir mi presencia por que ahora peinaba “cabeza de ángel” con bucles cortos y dorados y mi piel lucía un perfecto bronceado. Lo había adquirido pacientemente durante todo el verano comenzando el proceso con los primeros soles de Noviembre pasando por las playas de Maicolpué, por las arenas de Frutillar y una semana por las piscinas de Puyehue y finalmente todo el mes de Marzo por el solarium. las actividades al aire libre, las caminatas, los baños, la natación, las verduras frescas de la zona le habían dado a mi silueta la esbeltez perdida en Santiago durante los dos años de vida plácida, feliz y de restaurantes que había llevado.
Me alegré de haber conseguido mejorar mi aspecto físico porque así me sentí mejor dispuesta para el viaje que había ganado. Pero que importancia podía tener este detalle si yo sólo necesitaba una mente muy abierta para memorizar cada rincón de España. Disponía de veinticinco días para grabar en forma indeleble en la página de los recuerdo el Palacio Real, el Museo del Prado con sus Meninas, la Mezquita de Córdoba con sus 113 columnas, las murallas de la Catedral Toledo donde como mudo testimonio de las torturas a los cristianos cuelgan las cadenas con las que los engrillaban, el acueducto romano de Segovia y tanta, tanta historia sabida, pero nunca palpada.
- Ten cuidado Georgina si se te nubla el entendimiento por involucrarte con sentimentalismos perderás la mitad de tus energías tratando de comprenderte y el placer de trotar por la Madre Patria en busca de tus raíces, del color de su tierra, de sus naranjales, de sus olivos y de sus toros ¡ole! Se verá muy disminuido.
- Georginita acuérdate de lo que querías para ti tras la muerte de tu esposo: absoluta independencia, vida sin emociones descolocadoras que quitan el sueño, evitar penas, disgustos, discusiones. No tener que conjugar los verbos perdonar, esperar ni aceptar. Todas éstas son situaciones inevitables si uno se involucra sentimentalmente y con demasiado afecto, más aún si interviene la pasión ¡No eso no lo quiero para mí!
Nos habían citado en el aeropuerto cuatro horas antes de la partida. En el contacto previo que habíamos mantenido con las oficinas Turismo Corza se nos había informado sobre el desarrollo de la gira, pero los guías y la pareja de médicos querían conocernos personalmente antes de partir y también querían que entre nosotros se produjera un acercamiento. Aunque casi todos eran santiaguinos ninguno, excepto tres damas sesentonas se conocían entre sí. Con ingenio los guías iban relacionándonos unos con otros y antes de pasar a la sala de embarque, se dirigieron a todo el grupo ceceando como buenos españoles y diciendo así: como ustedes podrán comprender, el escoger las parejas que se avengan para un grato alojamiento es lo más difícil de nuestra tarea y por eso tuvimos que hacer preguntas algo indiscretas en nuestras circulares. En las tres horas que llevamos observándolos hemos podido comprobar que nuestras elecciones han sido acertadas excepto un caso que se solucionara en las trece horas que dura nuestro vuelo.
Poco antes de embarcar el felino de mis inquietudes se dirigió a mí.
- ¿Georgina Martínez?
- Claude Pierre...?
- Irrigoyen. La había desconocido. Está tan cambiada.
- Sólo por fuera un poquito, por dentro soy la misma.
- ¡Ah! Eso está muy bien. Pensé que la separación de sus amigas iba a dejar su huella.
- Fue sólo una lección de vida. No niego que estuve algunos días sumida en un vacío, pero en Osorno volví a la normalidad.
- ¡Que bueno, que bueno! Tiene usted una gran fortaleza y que le parecieron las tristes circunstancias que llevaron a la separación
- ¿Tristes circunstancias? No comprendo
- Entonces no supo usted del sobrino de Ruty?
- No, no sé nada; si desde el último cafecito que tomamos juntas en Noviembre no volví a hablar con ninguna de ellas.
- O sea que no supo que el muchacho fue a parar a la cárcel. Dicen que tiene para rato porque lo atraparon en la droga.
- ¡Dios mío!, no tenía idea, espero que mi prima no se lo tome tan a pecho.
- Se lo toma; porque la verdad sea dicha el niño es hijo de ella. Aunque fue un embarazo invitro y ella sólo sirvió de madre sustituta todos saben que se siente tan mamá como su hermana. Supe que se quedará en Antofagasta hasta conseguir su indulto. Y usted ¿conoce a la hermana de Ruty?
- No, no he tenido la oportunidad, se fue muy joven al norte ¿Y de mis otras dos amigas qué me puede contar?
- Bueno...la Pía tuvo una terrible crisis de celos, enfermedad verdaderamente grave en ella, la sufre desde su adolescencia; no ha encontrado psiquiatra que la pueda curar.
- Pero... a estas alturas de la vida y con un matrimonio tan feliz?
- Si, a estas alturas y siempre son celos sin fundamento
- ¿Qué los desató en esta oportunidad?
- La secretaria, la vieja secretaria que acompañó a Eugenio desde soltero y a la única que Pía favoreció con su beneplácito. Tampoco se explica esto porque cuando joven era muy linda. Ahora doña Rosita se siente cansada y desplazada por la nueva tecnología, pidió su retiro decidida a dejar su trabajo.
- ¡Pobre Pía! Por supuesto que ahora llegará una seudo adolescente dominando el mouse, el mail, el hadware y cientos de teclas inglesas y acompañando sus conocimientos irán los arreglines estéticos conseguidos con la magia de la cirugía plástica.
- Por supuesto. Por más empeño que le pone a Eugenio para encontrar una feita no lo ha conseguido.
- No será tanto el empeño que pone.
- Mire, mire cómo es desconfiada.
- ¿Y a Estela que le pasó?
- Esa es una linda historia de amor. Se enamoró de golpe y porrazo y en un instante.
- ¿De quién?
- De un profesor de la Universidad de Nebraska que la pasó a saludar por encargo de sus hijos. Le dijeron que ella se alegraría mucho saber de ellos a través de él. Y vaya que se alegró, tanto que hizo sus maletas y partieron juntos.
- ¡Bien por ella! Parece que su esposo no se la merecía
- Así dicen, así dicen ¿Y a usted Georgina la merecía su esposo?
- Shiiit...no hablemos de mi familia ese es un tema muy particular y privado.
- Está bien, sólo seremos usted y yo. Sin pasado ¿de acuerdo?
- De acuerdo
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Quedé meditando sobre nuestra conversación y me asaltó la interrogante de cómo supo que yo me había quedado sin amigas y que aquello me podía afectar. ¿Sabía también que luego después me volví a Osorno? Y si lo sabía quién pudo habérselo contado? Y si por una gran coincidencia lo llegó a saber ¿por qué razón la memorizó? ¿Será que en nuestro primer encuentro dejé en él la huella que +el dejó en mi y desde ese momento me siguió la pista?
Sumisa en estos pensamientos abordé el avión. Vi que él se separaba del grupo para tomar asiento en primera clase; una jovencita exótica de largas piernas y cabellera rubia se unió a él con apuro y a última hora.
Aterrizamos en Barajas a las dos de la tarde y era tal el tumulto de viajeros, llegando en distintos vuelos casi a la misma hora y que según comentaban se debía a la niebla que había en no sé donde, que con suerte no me perdí del grupo. De Claude Pierre y la rubia ni señas.
El bus nos dejó en un hotel en la Gran vía y en su rótulo se leía “Gran Hotel Paris”.
Me asignaron una pieza a compartir con una de las tres damas que a todas vistas eran antiguas amigas. ¿Cómo conseguirían ganarse cada una el premio en el mismo charter? ¿Influencia, manipulación o el vil dinero?
Nos aconsejaron darle ejercicio a las piernas subiendo hasta la plaza de la Cibeles y bajando hasta la del Callao, luego tendríamos una frugal cena a las siete de la tarde para que nos pudiéramos retirar a descansar porque el día siguiente comenzaría con un desayuno a las 6:30 de la mañana.
Tres días pasamos en Madrid con tiempo programado y tiempo libre. Al francés sólo lo veía a la hora de la cena y no sé porqué extraña razón el garzón me guiaba a su mesa donde quedaba siempre un puesto desocupado. La compartíamos con la pareja de guías y la pareja de médicos. Ellos se retiraban en cuanto terminaban su postre aduciendo que el día siguiente sería muy duro y Claude Pierre me invitaba a conocer la noche Madrileña. Las tres veces nos topamos con la joven rubia en el vestíbulo, ésta se le acercaba coquetón y con sarcasmo le dirigía unas frasecitas irónicas, el con una mirada severa la congelaba y ella se alejaba con otro grupo. Yo discretamente callaba.
El tomar asiento en el bus era un instante de tensión y suspenso ¿cuál me irá a tocar y con quién? A mi me tocaba, sin saber cómo ni porqué siempre mi compañera de pieza. No nos molestábamos para nada en cuanto al dormir y usar el baño se trataba, pero que también tuviera que compartir el asiento en el bus me tenía muy molesta y ella lo notaba.
En la próxima me cambio, me dije decidida, pero con tan mala suerte que me tocó otra de las tres.
Ya habíamos visitado Córdoba, Sevilla y Málaga y las cenas con Claude Pierre pasaron a ser rutina. Los hoteles en que nos alojábamos llevaban idéntico nombre y él en todos desaparecía en cuanto llegábamos. Una vez lo vi entrando a las oficinas de la administración.
Después del almuerzo en Granada hubo un cambio. Al abordar el bus rumbo a Valencia la guía me indicó el primer asiento. Lo compartí con Claude Pierre.
Quiero enseñarle los pueblos de mis ancestros, me dijo, y llegando a Lorca pidió al conductor que entrará y diera una vuelta por el pueblo. Lo mismo hizo al llegar a Ariguela. Conversamos largo y entretenido de las familias, de sus orígenes, de sus costumbres, de sus genes heredados, de la emoción de encontrarse con las raíces.
- Y usted Georgina de qué región de España es
- De Galicia, más específicamente de Santiago de Compostela
Entonces la conversación derivó a los peregrinos que de toda Europa
llegan haciendo el Camino de Santiago.
- Yo lo hice hace años cando aun era joven.
- Yo lo quisiera hacer antes de ser vieja, es decir, pronto.
- Lo hará, lo hará, me dijo con convicción
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Todos los hoteles en que nos habíamos albergado ostentaban el mismo rótulo tanto en su forma como en su nombre. Predominaba en ellos el color negro azabache y el blanco nieve salpicados con los verdes y rojos de los cardenales en macetas cultivadas con gran esmero tanto que algunos pasajeros se acercaban a ellos pasa ver si eran naturales.
Son colores apropiados para los colores de España, pero repetirlos como estaba ocurriendo en los doce días de viajar que llevábamos me estaban cansando.
Estos detalles cambiaron al llegar a Barcelona a un hotel llamado San Sebastián que era grande, antiguo y muy bien ubicado.
Las ventanas de mi pieza daban a las Ramblas y novedosa me asomé a ellas. El espectáculo que tuve a mi vista me impactó. Todo lo que abarcaba mi mirada estaba repleto de artistas expresando sus creaciones de las más cariadas formas.
Vi pintores, músicos, bailarines, payasos, orfebres y dispersos entre todo el bullicio se destacaban inmóviles las estatuas viviente: los Reyes Católicos, un Cruzado Caballero, El Quijote con su Sancho, un hombre de lata que mantenía en el dorso de su brazo un gato que permanecía tan estático como su amo; sonó una moneda en su plato y el hombre cambió de postura y el gato cambió de brazo.
A Chile no han llegado todavía estas expresiones del arte; me impactó desagradablemente. Me sofocaban, me angustiaba el verlos inmóviles a merced de algún corazón bondadoso que les arrojara una moneda para ellos poder cambiar de postura ¡Manerita de ganarse el sustento!
Desvié la mirada en el preciso instante en que el francés con la joven exótica atravesaban en diagonal la esquina encontrada con el Corte Inglés. Llevaban prisa como haciendo un trámite o teniendo que cumplir un horario.
No los volví a ver en el resto de la gira.
Mis compañeros se apuraron en hacer compras porque según dicen, Barcelona tiene el mejor comercio de España.
Yo me dirigí a la Iglesia de la Sagrada Familia, diseñada y construida por Gaudí. Tenía mucho interés en visitarla, acercarme mucho a ella para tomar un rollo fotografías. Me gusta su estilo arquitectónico de líneas serpenteantes y c |